La reunión de Axel Kicillof, Sergio Massa, Máximo Kirchner y gobernadores dejó como primera coincidencia la defensa de las PASO. Pero detrás de la discusión electoral aparece un desafío más profundo: recuperar participación, reconstruir el vínculo con una militancia desmovilizada y lograr que una eventual competencia interna termine en unidad y no en nuevas fracturas.

La cumbre que reunió esta semana a Axel Kicillof, Sergio Massa, Máximo Kirchner, gobernadores y referentes parlamentarios del peronismo dejó una primera definición concreta de cara a las elecciones presidenciales de 2027: defender la continuidad de las PASO y utilizarlas como herramienta para resolver las diferencias internas.

El encuentro se realizó en el Hotel Emperador de la Ciudad de Buenos Aires y reunió, además de los tres dirigentes, a gobernadores y referentes legislativos. Fue una de las reuniones de mayor peso político del espacio de los últimos años y permitió volver a sentar en una misma mesa a sectores que mantienen diferencias sobre el rumbo, las estrategias y los liderazgos del peronismo.

No hubo lanzamiento de candidaturas ni acuerdo sobre quién debería encabezar una eventual fórmula presidencial. La coincidencia más importante fue otra: preservar las elecciones primarias como mecanismo para procesar esas diferencias y construir una alternativa amplia hacia 2027.

Pero la importancia de esa decisión puede exceder ampliamente la discusión sobre quién aparece primero en una boleta.

Las PASO también pueden servir para “ordenar la tropa”

En la jerga de la militancia política suele hablarse de “ordenar la tropa”. La expresión puede sonar antigua, pero describe un fenómeno muy concreto: una elección interna obliga a los espacios políticos a organizarse, discutir candidaturas, construir equipos, recorrer el territorio, buscar fiscales, persuadir votantes y volver a conversar con sus propias bases.

Las PASO fueron concebidas precisamente como un mecanismo de selección de candidaturas abierto a toda la ciudadanía. La Cámara Nacional Electoral las define como elecciones en las que la definición de candidatos no queda reservada a los afiliados de los partidos, sino que se amplía al conjunto del electorado.

La Ley 26.571 establece además que las agrupaciones deben seleccionar sus candidaturas mediante primarias incluso cuando presentan una sola lista.

Y allí aparece una diferencia fundamental: Una cosa es tener PASO. Otra, muy distinta, es tener verdaderas elecciones internas.

Cuando existe una única candidatura previamente acordada por las conducciones, la primaria conserva su función legal, pero pierde buena parte de su capacidad de selección política: los ciudadanos ya no eligen entre distintas propuestas dentro de un mismo espacio sino que terminan ratificando una decisión tomada previamente.

Para el peronismo, recuperar las PASO podría tener entonces una utilidad que excede la definición entre Kicillof, Massa o cualquier otro dirigente que decida participar: Podría obligar al espacio a volver a construir desde abajo.

Cuando la candidatura llega resuelta desde arriba

Una de las consecuencias de reducir las internas a acuerdos entre conducciones es que también disminuyen los incentivos para construir representación territorial. Si el candidato ya está decidido, la militancia deja de ser necesaria para convencer a su propia comunidad política y pasa fundamentalmente a cumplir la función de acompañar una campaña definida desde arriba.

En una interna competitiva sucede algo diferente: Cada candidato necesita demostrar que representa algo más que un acuerdo de dirigentes. Debe construir equipos, convencer, escuchar, movilizar y disputar legitimidad dentro de su propio espacio. Eso obliga también a regresar al territorio.

No significa idealizar la militancia ni suponer que una elección primaria resolverá automáticamente la crisis de representación. Pero sí puede modificar los incentivos internos de una organización política: para ganar una PASO real hacen falta personas dispuestas a defender una candidatura y ciudadanos dispuestos a elegirla.

Recuperar ese vínculo parece particularmente importante después de varios años en los que la distancia entre buena parte de la sociedad y la política se profundizó.

Una sociedad que se alejó de la política

La desafección política no es solamente una impresión. Las elecciones legislativas nacionales de 2025 registraron una participación cercana al 68% del padrón, la más baja desde el regreso de la democracia en 1983. Aproximadamente uno de cada tres ciudadanos habilitados decidió no concurrir a votar aun cuando en Argentina el sufragio es obligatorio.

El fenómeno había comenzado a manifestarse meses antes en las elecciones provinciales desdobladas de 2025, donde diferentes distritos registraron niveles de participación considerablemente inferiores a sus promedios históricos. Los estudios de opinión pública muestran además que el problema excede al comportamiento electoral.

El Monitor Sociopolítico y Electoral del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA, realizado sobre 2.184 casos a nivel nacional en junio de este año, encontró que el 64,4% evaluaba de manera negativa la situación política del país, frente a apenas un 25,4% que la consideraba positiva. En el mismo estudio, el 38,6% mencionó a “la dirigencia política en general” entre los principales problemas de la Argentina. La crítica atravesaba incluso las preferencias electorales: aparecía tanto entre quienes habían votado a Javier Milei como entre quienes habían acompañado a Sergio Massa en 2023.

Ese dato resulta especialmente relevante. El problema ya no parece reducirse a que una parte de la sociedad rechace a un determinado partido o dirigente. Existe también una crisis más amplia de confianza en la capacidad de la política para representar, escuchar y resolver problemas.

Recuperar militancia no es lo mismo que recuperar confianza

Por eso, volver a habilitar competencia interna puede ser una condición importante, pero difícilmente resulte suficiente. Después de años de desmovilización y desencanto, no alcanza con convocar a la militancia unos meses antes de una elección y esperar que automáticamente vuelva a ocupar las calles, los barrios y las organizaciones.

Mucho menos alcanza con pedirle a la sociedad que vuelva a confiar simplemente porque existen varias boletas dentro de una misma primaria.

La representación se construye cuando existe una relación reconocible entre quienes pretenden representar y las personas a las que dicen representar.

Y allí aparece probablemente uno de los mayores desafíos del peronismo de cara a 2027: volver a escuchar antes de volver a hablar.

Recorrer el territorio se vuelve necesario no solamente para llevar una consigna, sino para conocer qué preocupa hoy a una sociedad que cambió profundamente; reconocer nuevos problemas, nuevas demandas y nuevas formas de vincularse con la política.

Una PASO competitiva podría contribuir a generar ese movimiento porque obliga a los dirigentes a buscar legitimidad fuera de las mesas donde se negocian candidaturas. Pero sólo funcionará de esa manera si existe competencia real.

PASO reales o una legitimación de decisiones ya tomadas

La propia legislación argentina muestra una paradoja: las PASO son obligatorias para las agrupaciones aun cuando exista una sola lista. Por eso, conservar el instrumento no garantiza por sí mismo democratizar la selección de candidaturas.

Si todos los nombres importantes son previamente acordados entre las conducciones y la ciudadanía encuentra una sola opción dentro de cada fuerza, la primaria puede terminar funcionando como una elección general anticipada o como un mecanismo de legitimación de decisiones ya tomadas.

Para que la herramienta recupere su sentido político, el desafío sería permitir que diferentes proyectos puedan competir realmente dentro de una misma coalición y que sean los votantes quienes definan cuál de ellos tiene mayor respaldo. Eso supone aceptar algo que muchas estructuras partidarias suelen considerar riesgoso: la incertidumbre. Una elección interna verdadera significa que nadie conoce de antemano su resultado. Y también significa aceptar que una conducción partidaria puede preferir un candidato y que las bases terminen eligiendo a otro.

El desafío más difícil: la unidad del día después

Pero existe una segunda condición quizás todavía más importante: Una PASO sólo puede fortalecer al peronismo si la competencia termina el día de la elección interna.

La existencia de diferentes candidatos, sectores y proyectos puede ampliar la participación y devolver protagonismo a las bases. Pero si la primaria deja heridas imposibles de cerrar, provoca fugas de dirigentes o convierte al derrotado en adversario del ganador, el mecanismo puede terminar profundizando aquello que pretendía resolver.

Por eso el verdadero desafío podría resumirse en una fórmula sencilla pero políticamente compleja: competencia antes de las PASO, unidad después de las PASO.

Quien gana necesita integrar. Quien pierde necesita reconocer el resultado. Y las distintas estructuras que compitieron necesitan transformar la energía desplegada durante la interna en una campaña común.

En ese sentido, la reunión de esta semana puede tener una importancia mayor de la que sugiere la fotografía. Antes de discutir quién será candidato, los principales dirigentes comenzaron a discutir las reglas mediante las cuales podrían definirlo.

¿Quién llega mejor posicionado?

Si finalmente existe una competencia presidencial dentro del peronismo, hoy Axel Kicillof aparece como uno de los dirigentes mejor posicionados para protagonizarla.

El gobernador conduce el distrito electoral más importante del país y viene construyendo una proyección política nacional. Un relevamiento de Opina Argentina citado por Reuters en mayo le asignaba un 43% de imagen positiva, frente al 33% de Sergio Massa, mientras otros estudios lo ubicaban en escenarios competitivos frente a Javier Milei. Reuters identificó tanto a Kicillof como a Massa entre los potenciales candidatos presidenciales del espacio.

Eso no significa que la candidatura esté definida.

Massa mantiene estructura política propia, experiencia electoral nacional y capacidad de articulación con distintos sectores. Máximo Kirchner conserva a su vez influencia sobre una parte importante de la organización política y territorial del peronismo, mientras gobernadores y dirigentes provinciales buscarán incidir en la construcción final. La propia cumbre mostró que el mapa hacia 2027 todavía está abierto. Una PASO competitiva podría, precisamente, evitar que esa discusión termine resolviéndose exclusivamente mediante una negociación entre dirigentes.

Mucho más que elegir un candidato

El peronismo enfrenta hacia 2027 una discusión mucho más profunda que la elección entre nombres.

Las legislativas de 2025 mostraron las dificultades de una oposición fragmentada frente a La Libertad Avanza, mientras que los estudios actuales muestran un escenario electoral nuevamente abierto. Reuters señaló en mayo que dirigentes peronistas comenzaron a trabajar en una coalición más amplia y que las propias divisiones internas aparecen como uno de los principales obstáculos para esa construcción.

La pregunta, entonces, no es solamente quién puede enfrentar a Javier Milei. Es también a quién representa hoy el peronismo, quiénes se sienten convocados por ese espacio y cómo puede reconstruir una relación política con quienes dejaron de sentirse parte.

Allí las PASO pueden recuperar otro significado. No solamente elegir entre Kicillof, Massa u otros candidatos. También volver a generar conversación política, movilización, pertenencia y contacto territorial. Pero después de años de creciente distancia entre ciudadanos y dirigentes, recuperar esa participación no será automático. La política no puede exigir de regreso una confianza que primero necesita reconstruir.

La cumbre de esta semana abrió una puerta.

Defender las PASO puede ser el primer acuerdo. Convertirlas en una competencia verdadera será el segundo. Y probablemente el desafío decisivo llegue inmediatamente después: aceptar el resultado, integrar al que pierde y demostrar que la diversidad interna puede transformarse en unidad política sin volver a silenciar a las bases.

Si el peronismo logra resolver esa ecuación, las PASO de 2027 podrían ser mucho más que una interna para elegir una candidatura presidencial. Podrían convertirse en el comienzo de un proceso de reconstrucción de representación. Si no lo logra, cambiarán los nombres, pero el problema de fondo seguirá intacto.

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