Milagros Sala, quien lleva 3.922 días privada de su libertad, en la marcha plurinacional de mujeres indígenas en defensa del agua, Jujuy 21 de mayo de 2010

En una Argentina que durante generaciones se definió como un «crisol de razas», el 12 de octubre vuelve a abrir el debate sobre nuestra identidad. Del llamado Día de la Raza al reconocimiento de la diversidad cultural, un recorrido por la historia, las heridas de la conquista y las memorias de los pueblos que todavía reclaman ser escuchados.

Cada 12 de octubre, la Argentina se encuentra frente a una pregunta que parece sencilla, pero que encierra más de cinco siglos de historia: ¿qué estamos conmemorando?

Para algunos sectores, la fecha representa el encuentro entre dos mundos, el inicio de un intercambio cultural que transformó definitivamente a Europa y América y dio origen a buena parte de nuestras identidades actuales.

Para otros, entre quienes nos reconocemos, esta fecha también representa el comienzo de un proceso de conquista, despojo, sometimiento y dominación cultural que dejó heridas profundas en los pueblos originarios del continente.

No se trata de desconocer nuestra herencia española, ni de negar los intercambios culturales que se produjeron a lo largo de los siglos. Se trata de comprender que aquellas relaciones no se desarrollaron entre sociedades en igualdad de condiciones.

Porque las palabras con las que una sociedad recuerda su historia también expresan la manera en que se reconoce a sí misma.

Y entre celebrar el Día de la Raza y conmemorar el Día del Respeto a la Diversidad Cultural existe una diferencia que va mucho más allá de una denominación.

1492: el comienzo de una historia que ya tenía miles de años

El 12 de octubre de 1492, la expedición encabezada por Cristóbal Colón llegó a Guanahaní, una isla del Caribe. Aquel acontecimiento inició un proceso de contacto sostenido entre Europa y América que transformaría profundamente la historia mundial.

Durante generaciones, los relatos escolares presentaron aquel episodio como el descubrimiento de América, una expresión que respondía esencialmente a la perspectiva europea.

Sin embargo, América no era un territorio vacío ni un continente sin historia.

Mucho antes de la llegada de los conquistadores existían pueblos con complejas organizaciones sociales, sistemas políticos, conocimientos científicos y agrícolas, lenguas, creencias, expresiones artísticas y tradiciones propias.

Los pueblos originarios no esperaban ser descubiertos. Ya habitaban, cultivaban, construían, comerciaban y desarrollaban sus culturas en estas tierras.

La llegada de los europeos dio comienzo a un proceso de transformaciones que incluyó intercambios y mestizajes, pero también guerras, explotación laboral, desplazamientos forzados, epidemias y destrucción de comunidades.

La conquista y la colonización tuvieron consecuencias demográficas devastadoras. La combinación de enfermedades introducidas, violencia, trabajos forzados y desestructuración social provocó una caída extraordinaria de las poblaciones indígenas en numerosos territorios.

En distintas regiones se produjeron masacres, campañas de exterminio y prácticas cuya caracterización como genocidio forma parte de la investigación y del debate historiográfico contemporáneo.

Por eso, reducir aquel proceso a un encuentro cultural pacífico significa dejar fuera de la memoria colectiva buena parte de lo que verdaderamente ocurrió.

Del Día de la Raza al reconocimiento de la diversidad cultural

La denominación Día de la Raza surgió en un contexto histórico muy diferente del actual.

En 1913, el español Faustino Rodríguez-San Pedro impulsó esa expresión con el propósito de fortalecer los vínculos entre España y los países hispanoamericanos.

En Argentina, el presidente Hipólito Yrigoyen declaró fiesta nacional el 12 de octubre de 1917. Con el tiempo, la conmemoración quedó ampliamente identificada como Día de la Raza.

Aquella perspectiva destacaba la herencia hispánica y los vínculos culturales establecidos a partir de la colonización.

Sin embargo, también promovía una lectura de nuestra identidad fundamentalmente centrada en Europa, en la que las culturas indígenas y afrodescendientes ocupaban, muchas veces, un lugar secundario o directamente invisible.

En 2010, durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, el Decreto 1584 incorporó una nueva denominación: Día del Respeto a la Diversidad Cultural.

El cambio respondió a una transformación en la manera de comprender nuestra historia, con mayor reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios y de las múltiples identidades que conforman la sociedad argentina.

La Ley 27.399, sancionada en 2017, mantuvo esa denominación.

No obstante, este 12 de octubre de 2026, el Gobierno nacional volvió a utilizar la expresión Día de la Raza en sus comunicaciones oficiales. Tanto la Casa Rosada como la Secretaría de Cultura difundieron publicaciones que reivindican la llegada de Colón como un acontecimiento asociado al progreso, la expansión occidental y la herencia hispánica.

Aunque la legislación vigente continúa denominando al feriado Día del Respeto a la Diversidad Cultural, el retorno de la antigua expresión al discurso institucional reabre una discusión sobre el modo en que elegimos recordar nuestro pasado.

Y, fundamentalmente, sobre cuáles son las voces que incluimos en ese recuerdo.

Las venas abiertas de América Latina: la conquista desde la mirada de los pueblos sometidos

En 1971, el escritor uruguayo Eduardo Galeano publicó Las venas abiertas de América Latina, una obra que se convirtió en referencia del pensamiento crítico latinoamericano.

Desde sus primeras páginas, Galeano propone mirar la historia del continente desde sus relaciones de dependencia, sus riquezas extraídas y las profundas desigualdades que atravesaron su desarrollo.

La introducción comienza con una afirmación que conserva una enorme fuerza interpretativa:

«La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder».

La frase sintetiza la perspectiva desde la cual Galeano analiza la conquista y los siglos posteriores: una historia en la que los recursos naturales, el trabajo y las riquezas de América Latina contribuyeron al desarrollo de centros de poder situados fuera del continente.

Su obra constituye una interpretación política y económica de nuestra historia, abierta al debate académico, pero también una invitación a revisar aquellos relatos que presentan la expansión colonial exclusivamente como una empresa civilizadora.

Porque la colonización no consistió solamente en apropiarse de territorios y riquezas.

También implicó imponer nuevas formas de organización social, deslegitimar conocimientos ancestrales, perseguir prácticas culturales y someter a comunidades enteras a instituciones que no habían elegido.

La religión ocupó un lugar central en ese proceso.

La evangelización tuvo actores y experiencias diferentes, incluyendo religiosos que denunciaron abusos contra las poblaciones indígenas. Sin embargo, también funcionó como herramienta de legitimación del dominio colonial.

El llamado Requerimiento, utilizado por los conquistadores españoles desde el siglo XVI, exigía a las comunidades indígenas reconocer la autoridad de la Iglesia y de la Corona, bajo amenaza de guerra y sometimiento.

La imposición religiosa no fue, por lo tanto, solamente una cuestión de creencias. En numerosos territorios estuvo vinculada al ejercicio del poder, a la reorganización de las comunidades y al debilitamiento de sus formas tradicionales de vida.

Muchas prácticas espirituales indígenas fueron prohibidas, perseguidas o desplazadas. Otras sobrevivieron mediante procesos de resistencia, adaptación y sincretismo cultural.

La conquista dejó así heridas que no se limitan a las pérdidas materiales.

También afectó las lenguas, las memorias, los vínculos comunitarios y el derecho de los pueblos a transmitir sus propias interpretaciones del mundo.

Desde esta perspectiva, el 12 de octubre no puede ser entendido únicamente como una celebración.

Es también una fecha para recordar a quienes fueron sometidos, reconocer las resistencias indígenas y reflexionar sobre las consecuencias que el colonialismo dejó en nuestras sociedades.

El crisol de razas: una identidad construida también sobre silencios

Durante generaciones, la Argentina se acostumbró a definirse como un crisol de razas.

La expresión pretendía describir una sociedad integrada por personas de múltiples procedencias, capaces de construir una identidad nacional compartida.

En particular, el concepto quedó asociado con las grandes corrientes inmigratorias europeas de fines del siglo XIX y principios del XX.

Pero aquella imagen de integración también tuvo sus silencios.

La representación de una Argentina construida fundamentalmente por inmigrantes europeos dejó muchas veces en segundo plano la presencia de los pueblos originarios, las comunidades afroargentinas y las migraciones provenientes de otros países latinoamericanos y de diversas regiones del mundo.

Nuestra identidad no surgió solamente de los barcos que llegaron desde Europa.

También se construyó sobre las raíces de los pueblos que habitaban estas tierras mucho antes de la creación del Estado nacional, sobre las historias de las poblaciones africanas traídas forzosamente durante la esclavitud y sobre las múltiples experiencias culturales que continúan transformando nuestra sociedad.

Según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022, en Argentina 1.306.730 personas se reconocieron indígenas o descendientes de pueblos indígenas u originarios. Representan el 2,9% de la población residente en viviendas particulares.

No hablamos, entonces, solamente de una memoria del pasado.

Hablamos de comunidades presentes, identidades vivas y derechos que forman parte de nuestra realidad contemporánea.

Tal vez sea necesario revisar la propia metáfora del crisol.

Porque un crisol funde diferentes elementos hasta producir una materia común. Pero una sociedad verdaderamente diversa no necesita que todas sus culturas desaparezcan dentro de una identidad uniforme.

Podemos compartir una pertenencia nacional sin renunciar a nuestras diferencias.

Podemos reconocernos argentinos sin tener que borrar nuestras raíces.

Dos maneras de recordar una misma historia

Quienes reivindican el Día de la Raza suelen destacar la importancia de la lengua española, el mestizaje, las tradiciones compartidas y la herencia cultural que surgió a partir del contacto entre Europa y América.

Son dimensiones que indudablemente forman parte de nuestra historia.

Pero reconocerlas no exige ignorar la violencia colonial ni convertir la conquista en un acontecimiento exclusivamente positivo.

Desde la perspectiva del respeto a la diversidad cultural, la dificultad no reside en aceptar nuestra herencia europea, sino en considerarla el único punto de partida legítimo para explicar quiénes somos.

El problema aparece cuando la historia se cuenta exclusivamente desde quienes conquistaron, mientras las experiencias de quienes resistieron quedan reducidas al silencio.

Los procesos históricos nunca son completamente lineales. La conquista produjo dominación y violencia, pero también intercambios culturales, nuevas identidades y formas diversas de mestizaje.

Reconocer esa complejidad no significa equiparar las responsabilidades ni desconocer las profundas desigualdades de poder que caracterizaron la colonización.

Significa comprender que no todas las experiencias de aquel proceso pueden ser narradas desde el mismo lugar.

La memoria histórica necesita incorporar también las voces de quienes durante siglos no tuvieron la posibilidad de contar su propia historia.

Respetar la diversidad es reconocer nuestra identidad completa

Una nación no es solamente un territorio compartido, una lengua predominante o un conjunto de tradiciones.

Es también una construcción histórica y cultural atravesada por encuentros, conflictos, memorias y pertenencias diferentes.

Por eso, las conmemoraciones importan.

Cada fecha del calendario expresa una manera de recordar el pasado y, al mismo tiempo, una forma de imaginar nuestra identidad colectiva.

Hablar del Día del Respeto a la Diversidad Cultural no implica rechazar la influencia española ni negar las profundas transformaciones que siguieron a la llegada de Colón.

Implica reconocer que nuestra historia es anterior, más amplia y mucho más diversa.

Significa comprender que los pueblos originarios no son figuras de un pasado remoto, sino comunidades que continúan defendiendo sus culturas, sus territorios, sus lenguas y sus derechos.

Y también reconocer que la diversidad no puede reducirse a una celebración de costumbres, vestimentas o tradiciones. Requiere respeto, igualdad de derechos y reconocimiento efectivo de las diferentes identidades.

Tal vez haya llegado el momento de comprender que nuestra identidad no nació de una raza, ni de una única cultura, ni de una historia contada exclusivamente desde los vencedores.

Nació de encuentros, pero también de conflictos; de intercambios, pero también de imposiciones; de múltiples herencias, pero también de memorias que todavía reclaman reconocimiento.

Por eso, el 12 de octubre no es solamente una fecha para recordar de dónde venimos. Es también una oportunidad para preguntarnos qué país queremos construir con todas esas historias.

Porque respetar la diversidad cultural no significa negar nuestras raíces. Significa reconocerlas a todas, incluso aquellas que durante siglos intentaron arrancarnos.

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