Con una remontada histórica ante Vasco da Gama, el equipo de Rodolfo Arruabarrena se clasificó a la final de la Copa Sudamericana. La aparición decisiva de Leandro Paredes y la personalidad del conjunto xeneize evocaron las grandes noches de aquel Boca de Carlos Bianchi. No se trata de comparar equipos ni jugadores, sino de reconocer una identidad que parece resistir el paso del tiempo.

Hay noches en las que el fútbol parece empeñado en recordarnos que la historia no siempre pertenece al pasado. No porque se repita, sino porque ciertas emociones, ciertas formas de competir y ciertas maneras de enfrentar la adversidad permanecen en la memoria colectiva de los hinchas.

La noche del martes 20 de octubre, en un Maracaná repleto, Boca Juniors protagonizó una de esas historias.

Llegaba a Brasil con la obligación de revertir la derrota por 1 a 0 sufrida en La Bombonera. Del otro lado estaba Vasco da Gama, con la ventaja deportiva, su público y un escenario que parecía preparado para una celebración brasileña.

Pero Boca tenía otros planes.

Apenas habían transcurrido tres minutos cuando Lautaro Di Lollo conectó de cabeza un tiro de esquina y abrió el marcador. El gol igualaba la serie, pero también enviaba un mensaje: Boca no había viajado a Río de Janeiro para especular.

A los 34 minutos, Miguel Merentiel culminó un contraataque iniciado por Sebastián Villa y estableció el 2 a 0. Por primera vez en la eliminatoria, el equipo argentino estaba adelante.

Sin embargo, las grandes noches coperas rara vez se escriben sin sufrimiento.

Cuando el fútbol exige algo más

En el segundo tiempo, Vasco da Gama reaccionó. Boca comenzó a retroceder, perdió protagonismo y sufrió la presión de un rival que encontró el descuento a través de José Luis Rodríguez, a los 66 minutos.

El 2 a 1 igualaba el resultado global y acercaba la definición por penales.

Fue entonces cuando apareció uno de esos protagonistas capaces de cambiar el desenlace de una historia.

Leandro Paredes había comenzado el partido entre los suplentes. Una lesión muscular sufrida apenas once días antes había puesto en duda su participación. Sin embargo, ingresó durante el complemento para intentar aportar claridad y experiencia en un momento delicado.

A los 88 minutos, cuando el encuentro parecía encaminarse a una definición desde los doce pasos, encontró la pelota fuera del área y sacó un remate potente. El arquero Léo Jardim no consiguió controlarlo y el balón terminó en la red.

El 3 a 1 desató el festejo xeneize y selló la clasificación a la final de la Copa Sudamericana.

Después de casi seis años sin ganar en Brasil, Boca volvía a imponerse en territorio brasileño. Y lo hacía en una noche que tenía todos los ingredientes de una hazaña.

Los hilos invisibles que unen generaciones

Para quienes vivieron las grandes conquistas de comienzos de siglo, lo ocurrido en el Maracaná pudo despertar recuerdos difíciles de explicar únicamente desde el resultado.

Aquel Boca de Carlos Bianchi, que conquistó las Copas Libertadores de 2000 y 2001, y que volvió a levantar el trofeo en 2003, construyó buena parte de su identidad en las noches decisivas.

No siempre dominaba los noventa minutos. No siempre jugaba mejor que sus adversarios. Pero había desarrollado una capacidad extraordinaria para competir bajo presión, interpretar los momentos de los partidos y encontrar respuestas cuando el escenario parecía adverso.

En junio de 2000, Boca conquistó la Copa Libertadores ante Palmeiras en San Pablo, después de igualar ambos encuentros y definir el título por penales. Juan Román Riquelme conducía el juego y Carlos Bianchi dirigía desde el banco.

Entre los futbolistas de aquel equipo estaba Rodolfo Arruabarrena.

Veintiséis años después, el mismo hombre que recorría el lateral izquierdo de aquel Boca campeón fue quien condujo desde el banco la remontada frente a Vasco da Gama.

El vínculo no es una metáfora. Es parte de la propia historia del club.

Tampoco es casual que la figura decisiva haya sido Leandro Paredes, un futbolista surgido de las inferiores xeneizes, campeón del mundo con la Selección Argentina y formado futbolísticamente bajo la influencia de una generación que tuvo a Riquelme como uno de sus grandes referentes.

Paredes no es Riquelme. Arruabarrena no es Bianchi. Y este Boca todavía tiene mucho camino por recorrer antes de que su trayectoria pueda medirse con aquella etapa gloriosa.

Pero existe algo que conecta esas historias: la convicción de que un partido decisivo nunca termina antes del último silbatazo.

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