Medio siglo después de los secuestros de estudiantes secundarios ocurridos en La Plata, la fecha trasciende la reconstrucción histórica. La memoria colectiva también habla de cómo una sociedad transmite su pasado, construye identidades y decide qué preguntas siguen siendo necesarias para comprender su presente.
Hay acontecimientos que pertenecen al pasado y otros que, aun después de décadas, continúan formando parte del presente. La Noche de los Lápices pertenece a estos últimos.
Este 16 de septiembre se cumplen 50 años del secuestro de estudiantes secundarios ocurrido en La Plata durante la última dictadura. Entre las víctimas hubo jóvenes de entre 16 y 18 años que participaban en organizaciones políticas y estudiantiles. Cuatro de los diez estudiantes asociados históricamente con aquellos operativos sobrevivieron; seis permanecen desaparecidos.
Pero medio siglo después, limitar la fecha a una enumeración de nombres, acontecimientos y aniversarios puede resultar insuficiente.
La fecha y la historia nos invitan a hacernos otra pregunta: ¿Qué significa recordar socialmente?
Desde la sociología sabemos que la memoria nunca es exclusivamente individual.
Maurice Halbwachs introdujo hace un siglo la idea de memoria colectiva para explicar que incluso nuestros recuerdos personales se organizan dentro de marcos sociales: familias, generaciones, instituciones, comunidades y grupos que ayudan a definir qué acontecimientos se recuerdan y de qué manera se los interpreta.
Recordar, entonces, no significa simplemente abrir un archivo del pasado. Cada generación recibe historias, testimonios, silencios, imágenes y símbolos y vuelve a interpretarlos desde las preguntas de su propio tiempo.
Eso puede verse con particular claridad en La Noche de los Lápices. La historiadora Sandra Raggio, investigadora de la Universidad Nacional de La Plata, analizó precisamente cómo fueron transformándose las narraciones construidas alrededor de aquellos hechos. Su investigación muestra que no existe una memoria inmóvil: a lo largo de los años aparecieron diferentes voces, testimonios, énfasis, silencios y formas de transmitir aquella experiencia.
La memoria, desde esta perspectiva, no es una fotografía. Es un proceso social.
Cuando los jóvenes dejan de ser espectadores
Hay además otro elemento que vuelve particularmente significativa esta historia: sus protagonistas eran adolescentes.
Durante mucho tiempo, el relato público estuvo fuertemente asociado al reclamo por el boleto estudiantil. Las investigaciones posteriores permitieron ampliar aquella mirada y recuperar también la dimensión política y organizativa de esos jóvenes, que participaban en distintas organizaciones y tenían proyectos e identidades políticas propias. Esa diferencia cambia el lugar simbólico que ocupan los jóvenes dentro del relato.
Dejan de aparecer únicamente como estudiantes a quienes les ocurrió algo y comienzan también a ser reconocidos como actores sociales capaces de organizarse, participar, reclamar y construir proyectos colectivos.
Quizás allí se encuentre una de las dimensiones más interesantes de esta conmemoración. Las sociedades no transmiten solamente información a sus nuevas generaciones. También transmiten determinadas ideas acerca de qué significa ser joven, participar de la vida colectiva, reclamar derechos o intervenir en los asuntos públicos. Por eso, recordar a aquellos estudiantes supone también preguntarnos cómo pensamos hoy a las juventudes.
Cincuenta años después: ¿qué recibe una generación que no vivió aquella época?
En 2026 existe una particularidad inevitable. Para una parte creciente de la población argentina, la dictadura ya no pertenece a la experiencia vivida sino a la memoria transmitida.
Los adolescentes que hoy tienen 16 o 17 años nacieron más de tres décadas después del retorno democrático. Conocen aquellos acontecimientos porque alguien los contó: la famila, la escuela, una película, un libro, un profesor, un documental, una marcha, una publicación en redes sociales…
La propia Dirección General de Cultura y Educación bonaerense planteó este año el cincuentenario como una oportunidad para cruzar historia y memoria y trabajar con las nuevas generaciones sobre las diferentes fuentes y formas de narrar aquel pasado.
Y allí aparece otro gran desafío: la transmisión.
¿Qué sucede cuando desaparecen progresivamente quienes pueden decir “yo estuve ahí”?
La memoria deja de descansar principalmente en los testigos y comienza a depender cada vez más de las instituciones, los relatos, los archivos y las prácticas culturales capaces de transmitir esas experiencias.
Por eso los aniversarios no son simples fechas del calendario. Funcionan también como rituales sociales mediante los cuales una comunidad vuelve a poner determinados acontecimientos en conversación.
La Plata: una ciudad atravesada por su propia memoria
En La Plata esta historia tiene, además, una dimensión particular. No estamos hablando de un acontecimiento ocurrido en un espacio distante. Los colegios, las calles, las plazas y los barrios que forman parte de aquella historia continúan siendo escenarios cotidianos de la ciudad. Eso convierte al territorio en parte de la memoria.
Una ciudad no está formada solamente por edificios y calles. También está compuesta por las historias que sus habitantes vinculan con esos espacios, por los nombres que les asignan, por las placas que colocan, por los lugares que preservan y por los acontecimientos que deciden recordar.
La Noche de los Lápices se convirtió precisamente en uno de los símbolos más reconocibles de la memoria sobre el terrorismo de Estado y, al mismo tiempo, en un elemento identitario del movimiento estudiantil argentino.
Recordar también es volver a preguntar
Tal vez por eso, cincuenta años después, la pregunta más interesante no sea únicamente cuánto recordamos. Podría ser también cómo recordamos y para qué.
Porque una memoria convertida exclusivamente en efeméride corre el riesgo de quedar congelada. Una memoria social viva, en cambio, vuelve sobre el pasado con nuevas preguntas.
¿Qué lugar les damos a las juventudes?
¿Cómo se transmiten los acontecimientos históricos cuando ya no quedan testigos directos?
¿Qué papel cumplen la escuela, las familias, los medios y las instituciones en esa transmisión?
¿Qué silencios permanecen?
¿Qué nuevas interpretaciones aparecen cuando una generación distinta vuelve a mirar los mismos acontecimientos?
A 50 años de La Noche de los Lápices, quizá la potencia de la fecha esté precisamente allí.
No solamente en recordar lo que ocurrió aquella noche de septiembre de 1976, sino en comprender que cada generación deberá construir su propia relación con esa historia.
Porque el pasado no cambia. Pero las preguntas que una sociedad le hace al pasado, sí.
